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Yo y mis circunstancias

del transcurrir

Nada más cruzar la puerta

--Eres un listillo hijo de puta, ¿no?
--¡Preferiría que no me insultara, señor!
--Listillo hijo de puta, eres uno de esos hijos de puta con mucho vocabulario que te gusta dar lecciones.
--Está bien -dije.

La altura, el dolor, el frío y las horas

Los relojes, la obsesión por los relojes, por tenerlos y mirarlos y la mierda de estar siempre debajo de alguno, la mierda de las horas decidiendo cosas, horas de hacer algo y horas de hacer lo contrario, horas infranqueables como un jodido muro de acero. El tiempo que separa unos días de otros, el tiempo que separa estar en la calle de volver a casa, el tiempo durante los fines de semana y el tiempo durante un miércoles. Diferentes medidas. Como una goma. Todas las ideas de nunca, y las ideas de espera.

Bien. Todo bien

Déjalo.
No lo entendería.
Ya te digo que me dijo que lo que te puede contar te lo cuenta en un minuto.

¿No decías que al teléfono no,
que mejor te diera el...?
Bueno, no importa. Las cosas son así...
...el mundo seguirá girando... me supongo,
bien, claro, bien.

Hoy lunes he quedado con ella. A las cinco
en la Estación. Llueve.
No tengo muchas ganas pero he de hacerlo
por... Qué digo. Bueno. Ya te contaré.

Ánimo.
Bien. Todo bien.

La estrella, la cruz y la media luna

Todo está mal desde el principio. Desde que empiezas a enredarte con ese juguete que tiene una tabla con un agujero en forma de estrella y otro en forma de cruz y luego otro que es como una media luna, y tienes esas piezas; la estrella, la cruz, la media luna, y las tienes que encajar en sus agujeros.

Ése es el principio del fin. Después es todo lo mismo; cosas que tienen que encajar en unos agujeros y cosas que tienen que entrar en otros y sobre todo cosas que por nada del mundo deben pensar en agujeros que no les corresponden.

Es posible que esta mierda no te conduzca a nada

--Vale, mira, yo no quiero herirte ni nada de eso, pero es posible que esta mierda no te conduzca a nada.

--Está bien, no te preocupes por mí.

--Claro, chico, pero ¿no hay nada en la vida que te importe?

--Oye, ¿sabes éste? ¿En qué se diferencia el culo de un pollo y el culo de un conejo?

--No tengo ganas de oír chistes, tío. Lo que yo quiero es saber si no hay alguna cosa que te importe.

--Está bien, mierda. Yo estaba en sexto curso, creo. La profesora nos pidió que escribiéramos algo sobre la experiencia que más nos hubiera cambiado. Y no me estoy refiriendo a cambiarnos de piso.

--Ya.

--De todos modos, escribí sobre aquella rana que encontré en el jardín. Se le había quedado una pata atrapada en una valla de alambre. No podía soltarse. Le saqué la pata de la valla de alambre, pero seguía sin moverse.

--¿Ah, sí?

--Así que me la puse en las rodillas y le hablé. Le dije que estaba atrapado, que también mi vida estaba cogida por algo. Le hablé durante mucho rato. Al final saltó de mis rodillas y se fue saltando por la hierba y desapareció en algún arbusto. Y me dije que aquella rana era lo primero que había echado de menos en toda mi vida.

--Ya. ¿Y qué?

--Bueno, pensé que...

--Chico, ¡tú estás loco!

Salvajemente

Se vino hacia mí y nos abrazamos. Me besó salvajemente, yo traté de devolverle los besos.
--Hostia -dijo-. ¡Creí que nunca te volvería a ver!
--He vuelto.
--¿Has vuelto para quedarte?
--Ésta es mi ciudad.
--Échate hacia atrás -me dijo-, déjame que te vea.
Me eché hacia atrás, sonriendo.
--Estás flaco. Has perdido peso.
--Tú tienes buen aspecto -dije yo-. ¿Estás sola?
--Sí.
--¿No hay nadie?
--Nadie. Ya sabes que no aguanto a la gente...
...Ven a mi habitación -dijo.
La seguí. El cuarto era muy pequeño, pero era acogedor. Podías mirar por la ventana y ver el tráfico, observar los semáforos cambiando de color. Me gustaba el sitio. Ella se tumbó en la cama.
--Vamos, échate conmigo.
--Me da un poco de corte.
--Te quiero, so idiota -dijo-, hemos follado más de ochocientas veces. ¿Te vas a cortar ahora?
Me quité los zapatos y me tumbé. Ella levantó una pierna.
--¿Te gustan mis piernas todavía?
--Coño, sí. Oye...
...te quiero, nena -dije.
--Cabronazo -me dijo ella.
Empezamos el meneo. Estuvo de puta madre. Estuvo de putísima madre.

Cuando llegué a casa esta mañana (aún de madrugada)

Saqué la llave y abrí con muchísimo cuidado de no hacer ruido. Entré muy despacito y volví a cerrar. Debería dedicarme a ladrón.

El recibidor estaba en tinieblas y, naturalmente, no podía dar la luz. Tuve que andar con mucho cuidado para no tropezar con nada y armar un escándalo. Inmediatamente supe que estaba en casa. Nuestro recibidor huele como ninguna otra parte del mundo. No sé a qué, pero se nota en seguida que uno está en casa. Solté la maleta y unas bolsas y pensé en dejarlas en el armario de la entrada hasta por la mañana al menos para no cargar con ellas a oscuras, pero luego me acordé de que las puertas hacían un ruido terrible y cargué con todo hacia adentro.

Mi madre tiene un oído de tísico, así que tuve mucho cuidado al pasar por delante de la puerta de su cuarto. Hasta contuve el aliento. A mi padre, cuando duerme, se le puede partir una silla en la cabeza y ni se entera, pero basta con que alguien tosa en Siberia para que mi madre se despierte. Es nerviosísima. Pude ver que mi hermana no estaba en casa.

Tardé como una hora en llegar hasta mi habitación.

Antes tenía amigos

Antes tenía amigos, me refiero a mucho antes, cuando era un niño. Ahora no sabría decir si eran los mejores amigos del mundo, pero estaban siempre alrededor. La primera gran pérdida de la vida adulta son los amigos. Puede que consigas un amigo con quien hablar, pero no vuelves a dar con uno que se deje abrazar. El periodo de tiempo que transcurre entre que pierdes los abrazos de tus amigos y encuentras los abrazos de las mujeres puede alargarse tanto que a veces parece eterno. Recuerdo a los amigos mientras imagino a las mujeres. Puedes tocar a mil mujeres sin llegar a agarrar ninguna, aunque siempre es mejor que no tocar nada de nada. Una mujer con sus tetas y su culo y su coño oscuro como uno de esos túneles del terror en los que te metías de niño, para sufrir antes de entrar y durante casi todo el trayecto y de los que salías con una estúpida sonrisa de satisfacción, como diciendo: Sabía desde el principio que podría con ello, una mujer, decía, es siempre una realidad de algún tipo. En cualquier caso uno a veces persigue ángeles y otras veces, media hora después, se saca la polla y se la machaca.

Así que nos dejas, ¿eh?

--Así que nos dejas, ¿eh?
--Sí, señor, eso parece.

Empezó a mover la cabeza como tenía por costumbre. Nunca he visto a nadie mover tanto la cabeza. Y nunca llegué a saber si lo hacía porque estaba pensando mucho, o porque no era más que un vejete que ya no distinguía el culo de las témporas.

--¿Qué te dijo, muchacho? He sabido que tuvisteis una conversación.
--Sí. Es verdad. Me pasé en su oficina como dos horas, creo.
--Y, ¿qué te dijo?
--Pues eso de que la vida es como una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego. Estuvo muy bien. Vamos, que no se puso como una fiera ni nada. Sólo me dijo que la vida era una partida y todo eso... Ya sabe.
--La vida es una partida, muchacho. La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego.
--Sí, señor. Ya lo sé. Ya lo sé.

De partida un cuerno. Menuda partida. Si te toca del lado de los que cortan el bacalao, desde luego que es una partida, eso lo reconozco. Pero si te toca del otro lado, no veo dónde está la partida. En ninguna parte. Lo que es de partida, nada.

--¿Ha escrito ya a tus padres?
--Me dijo que iba a escribirles.
--¿Te has comunicado ya con ellos?
--No señor, aún no me he comunicado con ellos; los veré cuando vuelva a casa.
--Y, ¿cómo crees que tomarán la noticia?
--Pues... se enfadarán bastante. Se enfadarán.

La senda del perdedor

La primera cosa que recuerdo es estar debajo de algo. Era una mesa, veía la pata de una mesa, veía las piernas de la gente, y una parte del mantel colgando. Estaba oscuro allí debajo.

Nadie parecía darse cuenta de que yo estaba allí. La luz del sol se reflejaba en la alfombra y en las piernas de la gente. Me gustaba la luz del sol. Las piernas de la gente no eran interesantes, no eran como el trozo de mantel que colgaba, ni como la pata de la mesa, ni como la luz del sol.

Entonces me di la vuelta y salí.